martes, 24 de junio de 2014

Dime que no.

¡Qué afán por crear y luego destruir palabras; si no se van a ir!
¡Vaya forma más tonta de huir de la animalidad!, si somos bestias.
Escucha a alguien convencerse de que no, de que él viene del mono; sí, pero que ninguno de los dos se reconocen.
Parentescos lejanos, de los de: si nos cruzamos, no sé si saludarte.
Y al final, acabas en él. O no. Todos acabamos en algo. Tú en mí, y yo...yo también en mí. No es que no te quiera, pero es que yo me quiero mucho.
Luego alguien piensa en la efimeridad, y en las palabras; claro. Ahora dices que he cambiado de pensamiento, que te mentí, pero: ¿cómo?, si tú tampoco te lo creías.
Sigue hablándome del futuro mientras yo lo cambio y, también, continúa diciéndome que no lo he cumplido, aunque sepas que sí, con alguien parecido a ti, o tú; ya no sé.
Que hice muchas promesas, vacías, pero: ¿tú sabes llenarlas de algo?
Ahora dime que no tiene sentido, háblale a mi cabeza de ello, que la que no tiene sentido no es la mía; que ordena las palabras como quiere.

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